¿Dónde está el botón de Reset?

JOAN REYES:

Hace poco un amigo me prestó una vieja Roland MC303 a la cual le faltaba el cable de alimentación. Al llegar a casa bajé al garaje, justo debajo de mi estudio, al rincón donde amontono cajas de cartón llenas de viejos aparatos. Busqué y rebusqué, a la caza de algún cable adaptador de corriente que pudiera devolver a la vida ese añejo aparatito. Escondidos dentro de aquellas cajas amontonaba docenas de cacharros, restos de mis primeros ordenadores, algún teléfono ‘móvil’ del tamaño de un diccionario escolar y alguna de mis viejas videoconsolas.

Conforme los saqué de sus cajas, amontoné todos esos viejos aparatos en la mesa formando una especie de Jurassic Park tecnológico y caí en la cuenta de que, para mi sorpresa, todos esos cacharros tenían una característica en común: Un botón de Reset. Ese botón era accesible y estaba bien situado en todos ellos. Nada de un agujero enano escondido en una trasera o una combinación estrambótica de botones como viene siendo habitual en los aparatos de hoy en día. En aquella colección de carcamales electrónicos el botón de reseteado estaba en el frontal de la mayoría de ellos, no demasiado alejado del botón de encendido, orgulloso, accesible. Pensé en la honestidad que desprendía aquel detalle. A los ingenieros de la época no les avergonzaba aceptar que sus aparatos podían bloquearse tras algún tiempo funcionando y que la mejor solución para ello era reiniciarlos. ¿Porqué no ponérselo fácil a la gente con un botón dedicado a ello?

Con el tiempo ese botón ha desaparecido y concluyo que, con él, la idea de que ‘resetear’ es algo normal, cotidiano y necesario incluso para la más avanzada tecnología. En el presente las cosas no se resetean. Resetear es de tontos, de débiles. Ahora las cosas no se cuelgan, no se estancan. Las cosas deben funcionar sí o sí, sin descanso, sin necesidad de volver a empezar para revisar que todo esté correctamente. A lo sumo hibernan durante unas horas y regresan en milésimas de segundo a su labor, posiblemente acumulando errores, despropósitos y equivocaciones que quedarían subsanadas si pudieran tomarse un tiempo para volver a empezar. Y no hablo solo de tecnología. Hablo de costumbres, ideas, métodos, política, economía y… También del mundo de la música electrónica, donde el reseteo podría traducirse en rectificación, revisión o reescritura.

Esa especie de vergüenza a reiniciar, ese miedo a volver a empezar –no desde cero, pero si desde el principio – es lo que, quizás, explique que la mayoría de las cosas que nos encontramos estos últimos tiempos en cuanto a música electrónica se refiere parezcan calcomanías desmejoradas con aroma rancio de lo que un día fueron buenas ideas que alguien tuvo. Y no hablo sólo de los artistas y de su música, ni mucho menos. Hablo de la industria en general y del público en particular. Ofertas de ocio calcadas, carteles monopolizados por artificios de dudosa o nula credibilidad y no por artistas, radiofórmulas repetitivas hasta el hastío, discográficas defendiendo productos que sólo se diferencian entre ellos por el nombre de las portadas y lo peor: público aborregado que acude en masa y demanda más de lo mismo una y otra vez con el único pretexto de que una vez alguien encendió la máquina y funcionó. No importa la calidad mientras sea más de lo mismo. Más y más y más de lo mismo.

Viendo el panorama y la actitud de la masa, he hablado con multitud de managers, bookers, A&Rs y demás profesionales cuyo único objetivo es buscar –o peor aún, CREAR- al nuevo Juan Magán o al nuevo Skrillex sin darse cuenta de que lo que éstos hicieron fue resetear sus trayectorias y volver a empezar para crear algo inédito. ¿No ven que cualquier cosa parecida no es más que la continuidad artificial de lo que algún día fue una idea original para llegar a ser la madre de todos los aburrimientos?. Y lo peor… Que la semilla de este comportamiento germina en los nuevos productores, promotores, profesionales del sector y público potencial creando la estúpida sensación de necesidad de no salirse de los márgenes establecidos, de no resetear, de continuar por el mismo camino.

Un ejemplo gráfico ocurrió con ‘One’ de Swedish House Mafia o ‘Levels’ de Avicii. La primera vez que los escuché pensé ‘Dios, que cosas más raras’ y al poco tiempo los adoraba. Un año después el 95% de la música mainstream era descendiente directa de esos dos tracks. Al final les pillas asco, y los marginas para siempre pese a ser auténticos himnos, lo mismo que a los productores anteriormente mencionados… Todo porque la industria no ha sabido encontrar a tiempo el botón de reset. Por no haber sabido decir ‘Eh, nos hemos estancado, volvamos a empezar antes de que lo único bueno que hemos conseguido últimamente apeste como un cadáver’. Y yo hablo del mainstream porque es mi terreno, pero estoy seguro de que esto es extrapolable a cualquier estilo y, como he dicho antes, a cualquier campo de la vida.

Y en cuanto al público… Siempre que puedo hablar con algún ‘borrego’ le pregunto si disfrutaría desayunando, comiendo y cenando macarrones todos los días. Le pregunto porqué no dedica un 5% de su tiempo a disfrutar de la espontaneidad, de lo nuevo. Es como esas chicas que ponen mala cara cuando el DJ no pone reguetón, que tienen a su pobre novio haciéndoles el misionero toda la vida pero vuelven asombradas de Riviera Maya porque un apuesto mulato las ha puesto mirando a la Giralda. Ya sabéis, a veces el exotismo esconde buenas sensaciones…

Ya sea en honor a los que tuvieron el valor de encontrar su botón, porque queramos sentirnos realizados aportando algo a la evolución y a la historia del sector, por disfrutar de nuevas sensaciones, porque queramos que nuestro nombre perdure o sencillamente porque pretendamos que esto sea un negocio rentable: recuperemos el botón de Reset que jamás debimos perder.

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